Ejercicio de humildad

28 11 2008

Desde esa cita de París, se han comprometido medidas públicas para atajar perniciosos efectos de las burbujas pero todo eso tiene su reverso: realismo y esfuerzo


La conciencia nacional creada por Theodore Roosevelt no era “meling pot” sino “melting pot”. Nunca hubo una movilización de tabaqueros en Bruselas el 14, sino el 19 de noviembre. Tampoco estuvo Vara en Bolonia, sino en Verona. Y mi profesor de filosofía jamás me explicó el “conductivismo” sino el “conductismo”. Pero la mayor humildad de un columnista pasa por reconocer que sus análisis construyen injusticias hacia terceros por no saber especificar. Eso me ha pasado con los comerciantes y empleados que, como mi padre, se sintieron ofendidos por no reconocerles -en el anterior artículo- el esfuerzo que desplegaron durante años de autarquía para España y Portugal, y sólo ellos sabrían explicarlo con objetividad. Disculpas públicas ante semejante ligereza: mi bienestar se cimentó en sus sacrificios.


Vienen tiempos duros, los primeros que sorteará la generación de europeos con mayor protección y nivel de consumo de su historia. Será nuestra particular posguerra, afortunadamente dirimida en mercados bursátiles y pulsos financieros y -así lo esperemos- nunca más en campos de batalla. Pero, sin duda, un desafío para españoles y portugueses que han cumplido con su etapa formativa, disponen de las mayores cotas de cultura de la historia, incluso de una movilidad laboral impropia para la tradición distante que heredamos, pero felizmente desacostumbrados a sortear largos periodos de crisis.

Ya podremos lamentar que todos pagaremos la cuenta por igual, hayamos -o no- catado un maldito vaso en la bacanal que zarandeó al mundo desarrollado, pero cada vez que un Estado aprueba un plan para aportar liquidez al sistema (España) o para rescatar de la quiebra un banco (EE.UU.) el dinero es el de todos. Y no hay otra solución. Para que la economía real vuelva a carburar sólo falta que ese plasma active las articulaciones y los músculos y llegue a quien debe llegar. La cooperación con otros siempre ayuda a que todo sea más rápido. Quizás, ésa sea la primera conclusión de la semana de Extremadura en Lisboa. A mí, me ha devuelto confianza.

A la decisión sin precedentes que adoptaron los países del euro el 12 de octubre, se le ha añadido esta semana la inyección de 200.000 millones de euros por parte de la Comisión Europea y de 800.000 millones de dólares en EE.UU. Suponen la definitiva constatación de que la socialdemocracia es el traje más adecuado para corregir la anarquía que sustituyó la libre competencia por la barra libre. La otra cara de la moneda no se quiere -o no se sabe- explicar: Los gobiernos lasboristas en Inglaterra tras la segunda guerra mundial, o de Willy Brandt en Alemania tras la crisis energética de 1973 fueron la consecuencia electoral para afrontar periodos de esfuerzo y ajuste. Desde esa cita de París, se han comprometido medidas públicas para atajar perniciosos efectos de las burbujas pero todo eso tiene reverso: abrir un periodo de realismo, sacrificio, esfuerzo, compromiso, excelencia y eficacia en cada uno y -como común denominador- solidaridad para la protección de los que se quedarán desamparados durante tal ajuste. Y ahí, todos tenemos que reconocer nuestros deslices.


Diario HOY. 28 de noviembre de 2008

Libro: “Yo, lo supérfluo y el error”. Autor: Jorge Wagensberg. Editorial Tusquets. 288 pags. 19 €


Libro: “Netherland”. Autor: Joseph o’Neill. Editorial El Aleph, 2009. 304 páginas. 21,5 €

Sitios recomendados: Comisión Europea y Parlamento Europeo. Bruselas y Estrasburgo