La Clave de Bóveda

30 05 2008

La extrema derecha es como esos cruzados capaces de incendiar Jerusalén antes que admitir su caída a manos del infiel: “O para mí, o para nadie”


¿Suena a misterio, verdad? Desde que Dan Brown en su Código Da Vinci bautizó así al objeto que escondía el secreto para encontrar el Santo Grial, jamás una simple pieza de albañilería alcanzó tanto enigma. Yo se lo he robado a Ibarra. Lo soltó el pasado domingo durante la romería laica en Alange: “La Monarquía es la clave de bóveda del pacto constitucional” –dijo- al tiempo que mostraba su preocupación por los ataques que esta Institución viene recibiendo desde meses atrás, no ya por el republicanismo independentista, sino por columnistas, editoriales y tertulianos, acogidos -alguno juzgado y recién renovado- por medios de comunicación que solicitaron el voto para el PP en las anteriores elecciones y dan caza hoy a Rajoy.

La Clave de Bóveda es la dovela central de un arco o cúpula. Sus caras, cortadas en ángulo, transmiten parte de las tensiones, equilibrándola. En la catedral de Barcelona une arcos de la crucería de dos metros y la nave principal de cinco toneladas. Si se prescinde de ella, se desmoronaría. La monarquía parlamentaria es ese pilar al aire para el sistema político español. Optó por recortarse poder aunque nunca autoridad –menos aún influencia- como árbitro del pluralismo. Estuvo tras la apertura del franquismo; en la Ley para la Reforma Política, el prólogo de la Constitución; en la legalización del PCE; con los pactos económicos de La Moncloa; por la vuelta de Tarradellas y con los primeros estatutos de autonomía… gracias, también, al leal y prudente servicio de una generación de políticos y periodistas que actuaron como “Caballeros de Jerusalén”.


La extrema derecha es, en cambio, como esos otros cruzados capaces de incendiar Tierra Santa antes que admitir su caída a manos del infiel: “O para mí, o para nadie”. Herederos de una permanente obsesión por el Jefe del Estado, para ellos traidor a los principios fundamentales del Movimiento, reproducen estos días una falsa dialéctica que coincide con el Bicentenario de la Guerra de la Independencia: Revestirse de liberales, instrumentalizar a los mártires y creerse depositarios de la unidad nacional para dar paso, después, al más peligroso de los fundamentalismos. No cejan ni contra Fraga, fundador de la derecha democrática y con más sentido de Estado a sus 90 años que la caterva de radicales que ampara tal involución.

El socialismo nunca fue republicano en su origen. No abordaba la forma del Estado. Se declaró así cuando un golpe quiso y consiguió doblar la soberanía popular para desconsiderar durante décadas al heredero del trono. Pero la izquierda parlamentaria apostó en los setenta por la Constitución y la reforma. El presidencialismo teocrático, capaz de casar a sus vástagos en El Escorial, o peticiones radiadas para la abdicación del monarca por no respaldar la demente teoría de la conspiración y el “España se rompe” son antecedentes significativos. Esa izquierda no debe permitir que por fuera del sistema de partidos desestabilicen lo que aún no ha decidido la soberanía popular. Y eso trasciende al conflicto interno del PP o a los distintos intereses electorales que representen unos y otros. Incluso, a la novelesca parábola de Dan Brown para quien el Santo Grial era la sangre de los merovingios, primera Casa Real de Francia.

Diario HOY. 30 de mayo de 2008

Libro: “El código da Vinci”. Autor: Dan Brown. Ediciones Urano, 2005. 467 pags.36,25 €

Sitio recomendado: Tumba del General Rafael Menacho, defensor de la ciudad ante los franceses. Catedral de Badajoz

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La trampa de las élites

16 05 2008

No deberíamos persistir en el error lingüístico de llamar “los catalanes quieren…” ante propuestas de una élite diseminada en más de un partido político y que conecta con otra valenciana.

Las élites son cosmopolitas, la gente es local. La riqueza, el poder económico es algo que no está en ninguna parte mientras que la gente sí vive en un lugar concreto. Se escapa al control de esa sociedad local y el gran dilema de los nacionalismos, periféricos o centralistas, es cómo compatibilizar su discurso ante la movilidad de un capital sin fronteras y, cada día más, de la mano de obra directiva o de jubilados que retornan a su origen. Algún humorista recordó hace unos años que ya tenían la oportunidad de matricular los vehículos con la “Cat” de Cataluña: “Sólo queda fabricarlos allí o que el Impuesto de Sociedades no rente en Alemania”, añadió. En Euskadi y Navarra lo tienen mejor. Amparados por privilegios medievales concedidos por Isabel la Católica, su menor esfuerzo fiscal atrae sedes empresariales al régimen foral. Hasta el pájaro de José Luis Moreno anidó allí para pagar menos al resto de esa España que tanto pregonaba en sus programas nocturnos en Tele Urdaci. Aceptado el islote foral por nuestra democracia, su techo es la autodeterminación, utilizada en vísperas electorales como cebo político por parte del PNV o para reclamarla tras el injustificable uso tribal del amonal. Y la bilateralidad que proyecta el Estatut mira a ese régimen foral como primera escala para sumar una relación confederal más con el Estado.


España es más que un mercado de consumidores con una lengua común. Es el Estado soberano quien garantiza por vía constitucional el sistema de derechos y libertades, especialmente la educación, la sanidad o la asistencia social. Uno no tiene esos derechos por ser extremeño o gallego, sino por ser ciudadano español, e iguales –incluso en algunas tutelas- por formar parte de Europa. Y la izquierda tiene miedo a reclamar esa conquista de la soberanía popular, quizás acomplejada por el prostituido uso que hace de ella otra élite españolista que, antes de reforzar los anclajes de la cohesión, repartieron suelo, acciones o decretaron distintas rebajas fiscales en cada autonomía durante los años de euforia y ahora no quiere saber nada de las consecuencias. Un poco de eso subyace en la salida de algunos ex ministros populares de la política activa.

De la misma manera que acierta Fernández Vara propagando en Madrid que “no tributan los territorios, sino los ciudadanos”, no deberíamos persistir en el error lingüístico de llamar “los catalanes quieren…” ante las propuestas de una élite transversal, diseminada en más de un partido político, y que conecta con otra valenciana, también dispuesta a que el Estado sufrague su 26% de deuda que patrocinó campeonatos de vela o parques temáticos, tirando de beta cuando los impuestos cedidos alcanzaban el techo fijado por el actual sistema de financiación autonómica. Igual que en esas ciudades primaron inversiones para la élite (aeropuertos, palacios de congresos, complejos turísticos de lujo…) antes que para la vivienda o para equipamientos colectivos en los barrios, la izquierda se equivoca si para alzar el cuello necesita del enfrentamiento entre territorios o sembrar miedo alertando de que la otra solución es el fascismo: “No voy a hacerme un hombrecito a costa de Cataluña -dijo Vara en Madrid. Sus problemas son también míos porque son ciudadanos de España”. No deberíamos persistir en el error lingüístico de llamar “los catalanes quieren…” ante propuestas de una élite diseminada en más de un partido político y que conecta con otra valenciana.


Diario Hoy. 16 de mayo de 2008

Libro: “El Estatuto de Cataluña: Una propuesta para el acuerdo”. Autores: Manuela de Madre y Miquel Iceta. Fundación Rafael Campalans. Barcelona, 2006.

Sitio recomendado: Ampliación del Aeropuerto de Barcelona. Ministerio de Fomento, 2009