El Sur también existe

16 10 2009

Los niños son la clave. Uno da la vida por todo y por todos a cambio de que los niños sean más felices en el futuro


Cada día que descubro una nueva letra de Serrat, o las rememoro, no por desconocidas dejan de producirme placer. Con cada escucha, me acuerdo de los cientos de extremeños que tuvieron que coger sus bártulos en cuatro días y poner rumbo a cualquier parte para poder sobrevivir. Fue el sino de hombres y mujeres de Extremadura, Aragón, Murcia o Andalucía. Los que no se fueron como obreros de la construcción, lo hicieron como policías o guardias civiles, una salida laboral casi obligada para una tierra con tan pocas alternativas como le dejó la posguerra a esta región de secano y de baldíos. La mayoría de ellos cuando se tuvo que industrializar España; desde el campo también se colaboró y aquel excedente de mano de obra agraria se empleó en fábricas de automóviles, talleres, comercios… En Cataluña y en Euskadi. También en Alemania. Hasta un hijo de ellos les salió cantante, y de éxito mundial, el bueno de Juan Manuel.

Hoy, las historias se cuentan con la frialdad de un documental como el último premio ‘López Prudencio’ de periodismo sobre los 50 años del Plan Badajoz o -un poco más cálidas- si uno se deja llevar por la poesía del nen del Poble Sec. Los desgarros no se pueden cantar, ni novelar. Los escritores deberían abstenerse de fabular sobre el sufrimiento o la intrahistoria de quienes tragaron con ese calvario interior: niños que se crían sin el contacto diario de su padre o, lo que es irremediable, los niños que nunca volvieron a verlos por la ira dirigida de unos desalmados o porque un hombre sólo y joven, trabajando en una ciudad, termina por complicarse la vida.

Ésa es la clave de Serrat. Era el ‘Nen del Poble Sec’, el niño que vio transformarse su barrio industrial en una nueva zona de servicios y urbanismo. El ‘Nen’ clamó la poesía de Machado, otro exilado por abrazar el uso de la razón y de la fé sin más bagaje que su maleta y sus libros. Eso llevo y eso traigo hasta que me llegue la muerte.

Ésa es la clave, los niños. Uno da la vida por todo y por todos a cambio de que los niños sean más felices en el futuro. Sólo los niños. Estamos en esta vida por ellos, por hacer más felices a los hijos e hijas (a ver cuando se iguala esto en el lenguaje y en las sucesiones). Los hijos propios y los ajenos. Todo porque sean más felices, más seguros, lo demás es puro espectáculo. Lo hace el militar en Kosovo o en Irak, el médico de una ONG, o el político cuando arriesga su vida en una declaración. Sólo por ellos, por los hijos. Sólo quien no los tiene, jamás podrá sentir el dolor que te rompe el alma cuando te dicen que dejarás de verlos.

Aquí tienen ustedes mi cabeza en el cadalso, arriba está mi fotografía. Dicen que no hay intelectuales comprometidos. Bórrenme del primer concepto, pero milito convencido en lo segundo, gracias a la educación. En el fondo, creo que es porque los salesianos fundaron el sindicalismo cristiano. Existe una fórmula que concilia los intereses, que se basa en la cooperación, en el pacto, en la economía de recursos porque lo único que se busca es el interés general… la paz. Lo hicieron nuestros padres en la Transición. Lo hizo el Rey y una generación. Hagan lo que crean con ella. Yo me bajo en la próxima. Es la mejor herencia que puedo dejarle a mi hijo, y a toda su generación: ¡Siempre Joven! -dijo Domingo Savio.



Diario HOY. 16 de octubre de 2009

Libro: “Antología poética”. Autor: Antonio Machado. Prólogo de Julián Marías. Biblioteca Básica Salvat, 1970. 190 pags.

Libro: “La música del hambre”. Autor: J.M.G. Le Clézio. Editorial Tusquets, 2009. 214 páginas. Precio 17 €.

Sitio recomendado: Extremadura







¡Firmes! ¡Ar!

17 10 2008

Rajoy, quien debe ser ejemplo de ese esfuerzo para vadear la situación, demostró tal pereza y desdén con sus obligaciones que me asusta saber qué pensaron los militares


¡Lo que cambia el cuento en una semana! Ahora resulta que quien nos convocaba el pasado año a colgar la enseña nacional en balcones y ventanas, quien nos atemorizaba a manifestación trimestral de que España se rompía, quien se despachó con un video preelectoral con el fin de suplantar al Gobierno en la víspera, se descuelga con una imprudencia recogida por los micrófonos y califica el desfile militar del Día de la Hispanidad como “un coñazo”. Más allá del fatal y revelador desliz, el lenguaje en Rajoy vuelve a rezumar sexismo –ya saben: Lo negativo, “coñazo”; lo positivo, “cojonudo”- y, aún peor en crisis: quien debe ser más responsable, y ejemplo del esfuerzo para vadear esta situación, demostró tal pereza y desdén con el cumplimiento de sus obligaciones que me asusta saber qué pensaron los militares (incluidas las decenas de mujeres soldado) aguardando desfilar desde las cinco de la mañana en la lluviosa avenida de la Castellana ¡Se ha lucido el líder!


Lo que nadie quiere abordar con claridad es que, sea cual sea el ritmo de recuperación económica, la población activa del mundo desarrollado afrontará un largo periodo de sacrificio y esfuerzo como consecuencia del frenesí financiero e inmobiliario que nos lega el imperio Bush y los que ponían –y se ponían- las botas con él encima de la mesa. Será nuestra particular posguerra, sin contienda bélica –afortunadamente- en nuestros territorios. Esto tienen las crisis: los neocon se vuelven comunistas y nacionalizan la banca privada; Aznar pide reformar el FMI, justo cuando Rato ya no está al frente; los propietarios se arruinan mientras los gerentes de cuello blanco –esos líderes en la sociedad postindustrial que pronosticaba Ralph Miliband en los ochenta- huyen del desastre con indemnizaciones o plusvalías; y los frikis del independentismo ya no escriben gilipolleces digitales en sus blogs. Demuestran que en tiempos de carencia más vale la unión de todos que localismos catetos y débiles. Ayer el diputado de ERC, Joan Ridao, se preocupaba por los riesgos que correrá el Estado: ¡Bienvenida Europa y la coordinación provocada por ZP, Brown y Sarkozy!

Será la verdadera España, la verdadera Europa, quien pague los platos rotos. Siempre fue así: Lo hicieron los colonos de Valdebótoa y Guadajira, como en los otros 37 pueblos nuevos nacidos con el Plan Badajoz, cuando les prometieron la tierra prometida. También, los asalariados financiando empresas públicas que se privatizaron alegremente para hoy reclamar que la deuda pública inyecte gasolina a un motor agotado, más por unos que por otros. Y lo harán ahora todos los que contribuyen a la riqueza colectiva: Es la única salida al colapso.


Que no culpen sólo a los funcionarios vagos como hace el ministro italiano, Renato Brunetta, ni a los inmigrantes, como hizo el ya fallecido ultraderechista austriaco Jörg Haider. A estos colectivos también les suben la factura del gas y la luz. Y no fueron ellos quienes liberalizaron esos sectores bajo la milonga de que la libre competencia beneficiaría al consumidor: ¡Firmes, ar! Se acabó la fiesta.

Diario HOY. 17 de octubre de 2008

Libro: “El Estado en la Sociedad Capitalista”. Autor: Ralph Miliband. Editorial Siglo XXI. 1997. 280 pags.

Sitios recomendados: Pueblos del Plan Badajoz. Valdehornillos.






Historias de Dignidad y Muerte

1 09 2008

Artículo relacionado “Vivir Extremadura”. Año IV. Nº 19. Octubre-noviembre 2008: “Historias de Dignidad y Muerte”.

Lo único claro para cualquier ser vivo desde su nacimiento es que algún día morirá. Los creyentes, desconsolados por la pequeñez que supone nuestra propia existencia en la historia de la humanidad, guardamos la esperanza de que el alma continuará viva en otro mundo celestial. Los realistas atribuyen esa continuidad de nuestra obra en nuestros hijos y nietos, depositarios directos del legado que forjaron sus progenitores, y en la comunidad donde seguro que habrán contribuido para su progreso y bienestar: “Nada se pierde, todo se transforma”, dijo Lavoisier.


Sea cual sea la solución, lo cierto es que la muerte es el acto más importante de nuestra vida, en palabras de Ernest Renan. Hay muerte dulce, muerte negra, muerte súbita, violenta, con ella en los talones… Todo un culto desde las culturas prehistóricas que en la tradición judeocristiana tiene su máxima expresión artísitica en la etapa romántica, que coincide con la proliferación y el desarrollo de las artes plásticas en panteones y tumbas como última morada del yo individual que una nueva clase burguesa se reclamaba para sí en el siglo XIX, a imitación de la aristocracia.


A mayor imperio de la razón frente al dogma, los usos y costumbres de los humanos se han apartado de esa obsesión por el otro mundo. La tecnología y una mayor higiene sustituyen los osarios por crematorios, y las tumbas y nichos por urnas donde guardar las cenizas de un familiar, que pueden acompañarnos -y adornar al mismo tiempo- en el recibidor de palisandro de nuestra vivienda. Y hoy, en España, asistimos al inicio del debate para consolidar el derecho a una muerte digna que -como el principio bíblico del “parirás con dolor” ya felizmente superado por la epidural gratuita y universal en nuestra sanidad pública- lleva aplicándose parcialmente en las UCI,s y las UVI,s de nuestros hospitales con el consentimiento generalizado de las familias, de cualquier ser humano, que jamás defenderá alargar el dolor de un congénere de forma gratuita.


Pese a esos recientes avances, los camposantos continúan guardando la historia de cada localidad, como antes lo fueron los subsuelos de parroquias y catedrales. En Extremadura, cualquier paseo por uno de ellos nos descubre la familias que forjaron la nobleza de cada villa. También los anónimos. En Cuacos de Yuste, cerca del monasterio que acogió la muerte de Carlos I de España y V de Alemania, decenas de soldados germanos en las grandes guerras del pasado siglo encontraron su descanso al lado del emperador. En Campillo de Llerena son soldados del fascio italiano los que moran, con sus nombres y apellidos, tras una sangrienta batalla en la guerra del 36 contra las tropas republicanas de La Serena. En Pizarro, pedanía próxima a Miajadas, construida como otros 38 núcleos de población con el Plan Badajoz, había cementerio pero no difuntos: los colonos inmigrantes en las Vegas Altas morían y, antes, pedían ser enterrados en sus pueblos de origen. Es historia de la región.


Parte de la identidad y de la dignidad de los pueblos, de cada familia, está entre cruces y lápidas de granito o mármol. Recientemente, algunos diputados provinciales visitaron el cementerio parisino de Père-Lachaise para identificar y reclamar el traslado de los restos de Manuel Godoy a Badajoz. Allí descansan también Camus, Chopin, Balzac, Molière, Wilde o Jim Morrison. Espero que antes de 2012, bicentenario de la promulgación de la Constitución de Cádiz e inicio de la intermitente senda democrática en nuestro país, podamos también completar el traslado de los restos de Muñoz Torrero -uno de sus redactores- a Cabeza del Buey, ahora en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid.

Por eso, no acabo de entender que cualquier humano se llame así y no apoye sin ambages que otros miles de anónimos -de cualquier bando, sexo o condición- continúen silenciados y humiladas sus memorias en cualquier cuneta, en una fosa o en un páramo escondido. Ellos, para bien o para mal, también forman parte de la historia de nuestra tierra, demasiados años silenciada por la fuerza y la sinrazón. Y pasados los años, y también cualquier atisbo de venganza, muchas familias no tienen una lápida o un nicho donde rezarles, llevarles flores u honrar su memoria. Son sus hijos o nietos. La prolongación de su existencia, según los realistas. Y una parte de la historia de Extremadura demasiado anónima. Hasta que sus herederos decidieron que las heridas sólo se cierran devolviéndoles su sitio negado en el camposanto de su pueblo, o en un cementerio civil acorde a su ideología.


Para devolverles la vida el hombre sigue siendo un minúsculo ser, aún temeroso de su propia muerte. Para recuperar la dignidad, sólo hacerlos miembros de esa comunidad, de la que dejaron de formar parte demasiado jóvenes, es suficiente: Descansen algún día todos en paz para justicia con nuestra propia historia.

Artículo recomendado: “Diego Muñoz Torrero: Un liberal trágico”. Autor: Francisco Rubio Llorente. Revista Claves de la Razón Práctica. Nº 185. 2008. Pags. 46-51