Photoshop o crear

28 08 2010

Pactar una nueva educación, proclive a la creación, o perpetuar una generación condenada sólo al consumo

Esta semana, Johan Cruyff, futbolista y después entrenador, artífice de la filosofía que hoy inspira al Barça y a la selección española de fútbol, coincide con algo ya publicado en esta columna: “El fútbol de España… no quiere aprovechar nada de nadie, se empeña en crear. Yo digo siempre que, en el fútbol y en la vida, es más importante crear que destrozar; espero que el éxito de la selección sirva de ejemplo para las nuevas generaciones e incida en el país”. En otra fase de la entrevista, el cruyffismo entra en política y se aparta de Laporta: “Me parece muy triste que en una situación de crisis como la actual, un partido político critique al otro en lugar de trabajar juntos para mejorar. Ahora toca ir en la misma dirección. A eso me refiero cuando hablo de mentalidades… Manda la idea. Uno es de Madrid, otro viene del País Vasco o del Sur, muchos de Cataluña. Todos venimos de un sitio, pero ahí no se acaba el mundo”.


La foto que recordamos de él es ese escorzo en el Bernabeu tras la primera manita a domicilio entre ambos clubes. Fue gol. No había dudas. Entonces, no había photoshop, ese programa que maquilla la realidad, que no crea sino que la tergiversa hasta provocarnos dudas sobre su veracidad, aprovechándose de escenas ajenas. Fotógrafos de moda, Peter Lindbergh, de Vogue, dicen que: “En esta industria un intermediario puede decidir en unos segundos suprimir todo lo que hace que un rostro esté vivo. Con toda la distancia que se quiera, pero hay un poco de fascismo en esto”. Francia y Reino Unido debaten hoy si hay que avisar cuando se modifica la imagen en carteles y reportajes. Están preocupados por los efectos nocivos que tiene la manipulación de rostros, especialmente, entre los jóvenes, víctimas de modas y anorexias sobre modelos que los difunden en carteles y vallas publicitarias, en un mundo virtual y de ensueños, nada parejo a lo real.


Lidera esta batalla Valerie Boyer, diputada de UMP, el mismo partido de Sarkozy a quien la revista Paris Match hizo desaparecer sus michelines, y de Rachid Dati, la entonces ministra de Justicia, que borró un espectacular anillo en Le Figaro. En España, la perversión llegó a tal extremo que un concejal del PP de Málaga vendió a la prensa que inauguraba una pasarela peatonal mientras estaba en otro sitio, introduciéndose en la foto a través de este programa rehabilitador. Y la pasada semana, algunos medios difundían una foto falsa donde Mohamed VI y Zapatero conversaban sobre un mapa “creado” con Photoshop que dibujaba a Canarias y Andalucía como territorios marroquíes. Muchos lo creyeron. Una mínima modificación puede convertirse en una burda manipulación. En política nos acostumbrados a que suceda en el lenguaje pero aún no en el mundo de la imagen. Retocar la foto de un político o un modelo no sería ilegal pero los ciudadanos tendrían que saberlo con anuncios del tipo: “Fotografía retocada para modificar la apariencia física de una persona”. Es como si a quien no habla o escribe correctamente un artículo de opinión, le cambian sus declaraciones para que parezca un académico. En Francia, fijarán multas de 37.500 euros. No deberíamos llegar a tal censura. Ahora, sabemos la relevancia que tiene la protección de datos o del honor. Autorregulación para los juristas; para el resto, honestidad. Es una apuesta también por el otro, todo un reto colectivo: “Es mejor crear que destruir o tergiversar lo real”. La política en Extremadura afronta un reto inmediato para definirse: O pactar una nueva educación proclive a la creación, o perpetuar una generación Ni-Ni que se condene sólo para el consumo. Un resultado u otro serán el termómetro que mida cuánto se valora el interés general.


Diario HOY. 28 de agosto de 2010

Libro: “Calidad en los servicios educativos”. Autores: Nilda Gutiérrez, Andrés Senle. Ediciones Díez de Santos, Madrid 2005. 320 pags. 29 €.

Sitio recomendado: Mirador de la Berrea. Reserva Regional de Caza del Cíjara. Siberia extremeña.