¿Qué hay de postre?

13 11 2009

Cuando el mundo desarrollado mejor podía comer, peor lo hace. Mientras, 800 millones de personas al año sufren hambruna


Coincide la conmemoración del XX aniversario de la caída del muro de Berlín con la aprobación en el Congreso norteamericano de la reforma sanitaria que impulsa Barack Obama. Europa agradece el esfuerzo colectivo de aquella extensión de libertades y los EE.UU. universalizarán un derecho del bienestar. Motivo para la esperanza aunque existan muros o alambradas que vencer en otras partes.

Semanas atrás, su esposa, Michelle Obama, inició también una campaña de concienciación, desde un rol doméstico, para combatir la obesidad infantil: insistir a las familias de que frutas y verduras equilibran la dieta de sus hijos. Algo que ya inició el mercado norteamericano en bebidas, galletas… Una empresa extremeña produce vegetales para una multinacional de comida rápida. Es curioso que, cuando el mundo desarrollado mejor podía comer, peor lo hace y 800 millones de personas sufren hambruna.

Nuestras madres y abuelas llevan años imaginando en sus fogones cómo sacar partido a unos productos, que cada día se pagan peor a sus productores. Hemos adaptado nuestra forma de comer a costumbres continentales. Cada mañana son más los que inician la jornada con desayunos fuertes: tostadas con mantequilla, aceite, queso, con jamón… y descubren de la tradición bíblica que la cena no sólo fue importante por el agua, el pan y el vino, sino porque era ligera. Con menos elementos en nuestra región y Portugal, ellas imaginaron un tesoro culinario que hoy regalan al mundo desde los centros libres de Internet, o inspiran cocina de vanguardia a nuestros chefs que –como ocurre con Atrio en Cáceres- es capital para cualquier neófito en la cultura gastronómica europea. Con cada nuevo centro tecnológico -como el previsto en Plasencia- se abre el futuro y la auténtica calidad. Hasta alaban en nuestros hospitales los menús.

Cualquier plaza que cuente con mercado, lonja, panificadora o polígono industrial asiste cada día al milagro de distribuir entre sus barrios la variedad de nuestra dieta: ¡Amanece, que no es poco en mi ciudad! Si esas comunicaciones se mejoran, más se extiende el beneficio y así más gente disfrutaría de dietas más diversas y frescas. No sólo aligeraríamos el congelador, se crearía empleo –también hostelero- en esos nodos; rebajaríamos el acopio de alimentos que –en demasiadas ocasiones, caducados- terminan en la basura; y gozaríamos de carnes, frutas, bebidas, mariscos… que, por tren o carretera, llegarían pronto a cada mercado europeo. Incluso, allende los mares porque sólo el desarrollo de la agricultura en el mundo en vías de desarrollo podrá mitigar su desesperación.

La gastronomía es anzuelo para el turismo mundial. En la costa, coronada por la cerveza que adopta nuevas tendencias con su versión light. En el interior, unida a museos y rutas culturales que, además, rebajan el colesterol: la de Carlos V, la vía de la Plata, la de Santiago, los mochileros o la del rey jayón. Y la sangre árabe, que aún corre por este sur que vive más en la calle, dispara el número de bares donde aperitivo y tapa son miniaturas de arte e imaginación culinaria.

Y será así. Si ante cualquier celebración pagana o religiosa, nos saltamos tan rica dieta y -como niños, en quienes desea influir Michelle Obama- terminamos preguntando: “¿Qué hay de postre?”, siempre nos quedará la farmacia para esos días: “¡Sal de fruta!”, dirán. Pronto, allí también.



Diario HOY. 13 de noviembre de 2009

Libro: “Gran Enciclopedia de la Cocina”. Coordinado por Carlo Santi y Rosino Brera, maître y chef del Hotel Excelsior de Roma. Ediciones Nauta, septiembre de 1969. Difundido por Círculo de Lectores. 654 páginas. Prologado por Juan Perucho. 20 €

Sitio recomendado: Ruta de Carlos V por la comarca de La Vera. Cáceres






Perder la razón

6 02 2009

Hasta la ley de la selva nos enseña que hay felinos que nunca matan por matar y necesitan de una acción concertada, la cooperación de la manada, para saciar el hambre, no la avaricia


Somos Occidente porque nos regimos por la razón. Auguste Comte, el filósofo francés, cerró la etapa napoleónica proclamando el triunfo de una doctrina única: el positivismo, la organización de la sociedad –hasta de la política- por una ciencia empírica. Nos definimos como “mundo desarrollado” porque hemos superado la etapa de la civilización basada en lo teológico y lo militar, aquella que nos organizaba mediante fetiches sobrenaturales y la imaginación. En un segundo estadio la humanidad dio cuerpo legislativo a entidades metafísicas, cuya legitimidad se revistió de voluntad general o de violencia legítima del Estado. Pero –concluía Comte- los hombres en el actual estado industrial y positivo renuncian a buscar las causas profundas, la esencia de las cosas, y perfeccionan el mundo mediante la observación y el razonamiento.


La caída del Muro de Berlín fue el epílogo casi definitivo para este triunfo pero la violenta caída de las Torres Gemelas difundió al mundo globalizado que otras civilizaciones existían, y no estaban en esas claves ni en esa realidad. Tras el zarpazo, la gran fórmula rota (prosperidad + prosperidad. No es igual a más prosperidad) nos aleja del cientismo y buscamos amparos irracionales a nuestra depresión: autobuses publicitando la existencia, o no, de Dios; obreros en una multinacional opuestos a que trabajen inmigrantes; empresarios contra la banca; la banca contra todos… y lo que es peor, intelectuales que emigran a su interior, alejándose del mundo, como primera muestra del proteccionismo que adviene.


Si los fetiches de la razón -esa élite a quienes confiamos el trasvase del patrón oro al dólar y en Europa, del patrón euro al consumo de inmuebles y servicios como motor de esa prosperidad virtual- reconocen que las cosas no se hicieron bien, la lógica se tambalea y peligra el propio sistema. Si, además, ese fracaso no se castiga sino que los premian con insultantes indemnizaciones o se disfraza con pretenciosos balances de beneficios, quien ha perdido el empleo o la empresa productiva comienza a perder la razón. No es que no la tenga, es que no la encuentra.

Antes de persistir, y en previsión de que volvamos a una etapa primitiva, esta crisis debería servir para apuntalar entre todos el edificio y sanear los pilares: Obama limitará los salarios de los ejecutivos en entidades intervenidas por el Tesoro. Vara propone un acuerdo entre CC.AA. que evite 17 tarjetas sanitarias, 17 calendarios de vacunas, 17 reglamentos taurinos, 17 universidades con el mismo menú o 17 pedidos al mismo laboratorio para el mismo medicamento. Por algún sitio, básico para el ciudadano, habrá que empezar si no queremos que aumenten las dudas sobre el Estado, sobre las autonomías, sobre el mercado, sobre los derechos y libertades del individuo, sobre los servicios públicos. En definitiva, sobre la razón que nos distingue de los animales.

Hasta la ley de la selva nos enseña que hay felinos que nunca matan por matar y necesitan de una acción concertada, la cooperación de la manada, para saciar el hambre, que es concepto muy distinto a la avaricia o la gula. Pero nosotros somos seres racionales. A veces, no sé si superiores.


Diario HOY. 6 de febrero de 2009

Libro: “Discurso sobre el espíritu positivo”. Autor: Auguste Compte. 1844. Edición en español con prólogo de Julián Marías, Alianza Editorial, 1980.

Libro: “Iniciamos nuestro descenso”. Autor: James Meek. Editorial Miscelánea. 360 pags. 18 €


Sitio: New York (Skyline nocturno)