Parapeto en la trinchera

18 12 2010

Ibarra ha elegido proteger a los suyos, abrochar el cinturón de seguridad en el autobús, como una barrera antivuelco


Tenía razón Celdrán: hay muchas armas. En Badajoz, donde ha muerto asesinada una mujer, y en Olot, donde nunca escriben sobre su España negra, se han cubierto de luto. Pero, sí, hay demasiadas armas; unas legales y otras ilegales. La desesperación tira de gatillo con ligereza.


La política se los lleva todos, más que la economía. Los tambores de batalla se silencian con el silbido de las primeras balas. Todos pondrán sus armas sobre la mesa, como en cualquier campaña electoral, haciendo oídos sordos a que la calle reclama que nos pongamos de acuerdo para combatir los cañonazos que la crisis nos arrea. Y de momento, unos ponen la responsabilidad… y también las primeras víctimas. Las denuncias en los juzgados, aireadas en los medios informativos, han consolidado el concepto ‘imputado’ no como una herramienta garantista del nuevo Código Penal para preservar la presunción de inocencia. Esa interpretación de culpabilidad sólo se aplica a un bando. Camps, Fabra, Matas o en Valdehornillos deben estar impregnados de un halo distinto, un listón diferente para quienes exigen que, a la primera denuncia, se les inhabilite de por vida. Ahora irán a por el de Brozas, aunque en Calamonte la culpa no la tenía el alcalde popular, sino la Policía Local. Siempre buscan otras víctimas pero disparan a la primera. Así consiguió Aznar apartar a Demetrio Madrid de la presidencia de Castilla y León. Y de ahí, al cielo, o a consejero de Murdoch.


Cada vez que hubo refriegas, Ibarra fue coherente con su idea de partido. Lo que dijo Felipe González cuando se conmemoró los cien años de la entrada de Pablo Iglesias en el Congreso: «En estos momentos, militancia, militancia». Ibarra estuvo siempre con las víctimas: con las físicas, del terrorismo o de la discapacidad. Y con las políticas, con Vera, Barrionuevo, con Elia María Blanco, o con Álvarez Cascos, a quien también lo están acribillando. Con la alcaldesa de Plasencia se ha dirigido a la militancia, que -como dijo su partido- tiene la facultad de elegir la próxima lista municipal y les ha repetido algo que, por obvio, parece no calar, y es esencia de la igualdad entre españoles: que cualquier ciudadano -hasta un socialista, para sorpresa en algunos tiradores- es inocente hasta que no se demuestre lo contrario. «Pongo la mano en el fuego» y, como cualquiera, Ibarra prefiere quemarse antes que dejar que el incendio se la lleve por delante en una batalla que persigue la Diputación de Cáceres.


Las batallas, como en el black jack, las pierden quienes quieren más, los ambiciosos. Vara ha decidido armar a la ciudadanía. Podrán examinar, mejorar o criticar la gestión de la Junta y la política regional a través de ‘opinaextremadura’, para alcanzar el gobierno abierto y transparente que otros nunca practican en sus Administraciones. Si todos nos armamos, sólo los niños o los imprudentes con una pistola en las manos terminan disparándose en los pies. E Ibarra ha elegido ser parapeto en la trinchera para proteger a los suyos, o abrochar el cinturón de seguridad de quienes el autobús transporta, como una barrera antivuelco.

Diario HOY, 18 de diciembre de 2010

Libro: “Por quién doblan las campanas”. Autor: Ernest Hemingway. Andres Bello Editorial. Madrid, 1991. 504 páginas

 

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