Clases medias

28 08 2009

En ella se citan asalariados de cuello blanco, funcionarios, autónomos, comerciantes… Hasta los columnistas de esta página nos sentimos como tales


Yo le hecho la culpa a los mods, esa tribu urbana que surgió en Gran Bretaña como antítesis a los rockers y que tiene en el film Quadrophenia, en el personaje “As” que encarnaba Sting y en la música de The Style Council o The Jam como máxima expresión artística. De hecho, el primero de estos grupos suele amenizar el mítin que cierra las campañas del Partido Laborista inglés y su imagen, con traje y corbata, se convirtió en icono para que Thatcher tampoco discriminara a los obreros por su estética. Claro que al final de la película, cuando descubren que Sting es pura pose y su liderazgo tribal se desmorona al verlo como botones en la puerta de un hotel, el protagonista -obrero de parka verde, traje ceñido y moto vespa- decide suicidarse.

Clase media es todo el mundo, o no lo es nadie. Es como decirse “apolítico” o “independiente”; ni Barça, ni Madrid; ni la SER, ni la COPE; no disfrutan de viviendas sociales, ni las quieren; las becas son escasas; hipotecados para vivir en una urbanización, se preguntan si habrá plaza escolar para sus hijos; son “los grises”, los que tienen en sus manos -según los analistas- la mayoría absoluta para cualquiera de los dos grandes partidos. Ser de clase media es una entelequia, ambigua y difusa. En ella se citan asalariados de cuello blanco, funcionarios en todos sus niveles, autónomos en sus tonalidades, comerciantes en la misma variedad de éxito… Hasta los columnistas de esta página nos sentimos como tales, que es la mejor manera de decir algo sin decir nada, evita vanidades en un país socializado por el catolicismo y demuestra, al mismo tiempo, nuestro progreso, incluso, la rescritura del pasado familiar. La mayoría hoy no se define como “obreros”, ni se identifican con sus estereotipos. Nos guste o no, entre todos hemos construído una igualdad que se mide por el consumo, por el acceso a unos u otros bienes y servicios, aunque nos endeudemos hasta las cejas para tal fin.

A ese cuerpo electoral lo bombardearán estas semanas tras la reflexión sobre una futura reforma fiscal, avanzada por el titular de Fomento. José Blanco apeló a que “las rentas más altas deben pagar para proteger a quienes más lo necesitan” pero según CC.OO. sólo el 3% de los españoles declaran ingresos por encima de los 60.000 € anuales. En Extremadura se reduce un punto, 8.300 extremeños de los más de medio millón que pasan por la Agencia Tributaria. Y la clase media, que daría por bueno que la congelen el próximo año si el IPC termina con saldo negativo, se pregunta si las rentas altas están entre ellos porque nadie sabe dónde empiezan y cuándo terminan.


Eximido el Impuesto de Patrimonio porque –según el Gobierno- “recaía en las clases medias”, y el de Sociedades dicen que no está para bamboleos en plena crisis, Francia e Italia han decidido repartir la carga entre más costaleros; es decir, que todo rente. Si desde hace un año no hay libre una caja de seguridad en las oficinas bancarias de nuestra región, significaría aquí mirar para otro lado –una vez más, tal y como sucedió en 1983 tras el miedo al golpe del 23-F y las evasiones fiscales a Andorra- y que esas rentas de capital comiencen a considerarse como tales, les permitan lavarse la cara con la compra de deuda pública o bonos del Estado, y nos aclaremos de una vez por todas quién es clase media y quién aparenta hoy la mitad porque sólo conocemos de su misa la media. Todo por el bien de una sufrida clase de la que casi todos nos consideramos miembros. Hasta otra vez, dentro de otros 25 años.


Diario HOY. 28 de agosto de 2009

Libro: “El ruido eterno”. Autor: Alex Ross. Editorial Seix Barral, 2009. Traducción Luis Gago. 788 páginas. 24 €

Libro: “Indignación”. Autor: Philip Roth. Editorial: Mondadori. 176 páginas. Precio: 17,9 €

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