La guerra de África

21 08 2010

Sólo puede ser rencor lo que alumbre a Aznar, en su visita a Melilla y en sus ataques al prestigio de España en el extranjero

Mi madre jamás pudo llevarle flores a su abuelo Nicolás. Para alimentar a sus cuatro hijas, dejó su barbería y se alistó como voluntario en el Castilla XVI. Como otros doce mil españoles, se quedó en 1921 entre el Annual y el Monte Arruit, un desastre sin precedentes que puso fin al colonialismo y engendró una violenta generación de generales (Franco, Mola, Yagüe, Queipo de Llano, Sanjurjo, Castro Girona…) que vivieron embadurnados de rencor contra los masones que conocieron en aquel Protectorado, contra los revolucionarios de la Semana Trágica que los abandonaron en 1909 o contra la misma monarquía a quien nunca tornaron el poder tras saciar esa inquina con la peor y jamás deseada guerra entre españoles, unos años más tarde.


Entre aquellos militares “retroceder frente al moro siempre era sinónimo de debilidad. Para mantenerlos a raya había que hacerlo con ferocidad”. Esta semana -mientras Obama ponía fin a la guerra en Irak, con más gasto que la de Vietnam, cien mil muertos y una guerra civil sin visos de acabar como botín- uno de los tres que avaló su inicio en las Azores se presentó en la frontera de Melilla con Marruecos, la plaza que nunca visitó durante sus ocho años como Presidente del Gobierno de España, ni siquiera en 2003 cuando una célula de radicales atacó la Casa de España y la Cámara Española de Comercio en Casablanca, asesinando a 41 personas, tres españoles entre ellos, e hiriendo a otro centenar. Vestía sahariana y pantalones con el mismo tono de campaña; también es bajito y con bigotillo; y lo hizo en compañía de su hijo: “Mi padre es un hombre de acción” -aseguró el joven Alonso Aznar, mientras, al mismo tiempo, el ministro Rubalcaba cerraba el rifirrafe que algunos activistas marroquíes provocaron en esa frontera, bloqueando el suministro de alimentos y provocando a la policía española, especialmente a las mujeres, aunque muy pocas en el país vecino se atrevan a llevar pantalones. Hasta tal punto que se activaron contactos diplomáticos entre las Jefaturas de los dos Estados.


Sólo puede ser rencor lo que alumbra a Aznar, en su visita a Melilla y en sus continuos ataques al prestigio de España en el extranjero. Rencor contra los que cargarían contra su gestión coincidiendo con el fin de la guerra en Irak que sólo nos deparó dolor y, ni siquiera, una medalla que reconociera sus delirios de estadista. Contra Zapatero porque en 2003 visitó a Mohamed VI para restablecer un diálogo que él mismo decidió cortar “con fuerte viento de Levante”. Rencor si reniegan de él en su partido, relegando de nuevo a Rajoy a papeles secundarios, una eterna hipoteca que se cobra porque fue él quien lo designó unilateralmente. Contra los que olviden que “retroceder frente al moro siempre será sinónimo de debilidad” o que sin conflicto -término repetido decenas de veces por González Pons en su última comparecencia- hay personas y partidos que no saben hacer política, ni siquiera de Estado. Mientras Aznar visitaba el África española por vez primera, su otrora colega de fotografía, Tony Blair, salvó estos días del final de la guerra de Irak liderando una futura conferencia de paz entre Israel y Palestina, mutando hacia modelos de ex presidentes que, como Carter, invirtieron contactos e influencias para intermediar en Haití, Bosnia, Etiopía, Corea del Norte o Sudán. Lo que quisiera para Aznar. Fue presidente del gobierno de mi país, le reconciliaría con los españoles y porque el poder verdadero es el que convence, no el que vence. Es la gran diferencia entre un líder político y un mariscal de campo. Pero esto -como quién debía sucederle- sólo él puede decidirlo.


Diario HOY. 21 de agosto de 2010

Libro: “Cartas Marruecas”. José de Cadalso. Edición de Barcelona. Imprenta de Piferrer. 1796

Sitio recomendado: Ciudad Autónoma de Melilla. España






El Sur también existe

16 10 2009

Los niños son la clave. Uno da la vida por todo y por todos a cambio de que los niños sean más felices en el futuro


Cada día que descubro una nueva letra de Serrat, o las rememoro, no por desconocidas dejan de producirme placer. Con cada escucha, me acuerdo de los cientos de extremeños que tuvieron que coger sus bártulos en cuatro días y poner rumbo a cualquier parte para poder sobrevivir. Fue el sino de hombres y mujeres de Extremadura, Aragón, Murcia o Andalucía. Los que no se fueron como obreros de la construcción, lo hicieron como policías o guardias civiles, una salida laboral casi obligada para una tierra con tan pocas alternativas como le dejó la posguerra a esta región de secano y de baldíos. La mayoría de ellos cuando se tuvo que industrializar España; desde el campo también se colaboró y aquel excedente de mano de obra agraria se empleó en fábricas de automóviles, talleres, comercios… En Cataluña y en Euskadi. También en Alemania. Hasta un hijo de ellos les salió cantante, y de éxito mundial, el bueno de Juan Manuel.

Hoy, las historias se cuentan con la frialdad de un documental como el último premio ‘López Prudencio’ de periodismo sobre los 50 años del Plan Badajoz o -un poco más cálidas- si uno se deja llevar por la poesía del nen del Poble Sec. Los desgarros no se pueden cantar, ni novelar. Los escritores deberían abstenerse de fabular sobre el sufrimiento o la intrahistoria de quienes tragaron con ese calvario interior: niños que se crían sin el contacto diario de su padre o, lo que es irremediable, los niños que nunca volvieron a verlos por la ira dirigida de unos desalmados o porque un hombre sólo y joven, trabajando en una ciudad, termina por complicarse la vida.

Ésa es la clave de Serrat. Era el ‘Nen del Poble Sec’, el niño que vio transformarse su barrio industrial en una nueva zona de servicios y urbanismo. El ‘Nen’ clamó la poesía de Machado, otro exilado por abrazar el uso de la razón y de la fé sin más bagaje que su maleta y sus libros. Eso llevo y eso traigo hasta que me llegue la muerte.

Ésa es la clave, los niños. Uno da la vida por todo y por todos a cambio de que los niños sean más felices en el futuro. Sólo los niños. Estamos en esta vida por ellos, por hacer más felices a los hijos e hijas (a ver cuando se iguala esto en el lenguaje y en las sucesiones). Los hijos propios y los ajenos. Todo porque sean más felices, más seguros, lo demás es puro espectáculo. Lo hace el militar en Kosovo o en Irak, el médico de una ONG, o el político cuando arriesga su vida en una declaración. Sólo por ellos, por los hijos. Sólo quien no los tiene, jamás podrá sentir el dolor que te rompe el alma cuando te dicen que dejarás de verlos.

Aquí tienen ustedes mi cabeza en el cadalso, arriba está mi fotografía. Dicen que no hay intelectuales comprometidos. Bórrenme del primer concepto, pero milito convencido en lo segundo, gracias a la educación. En el fondo, creo que es porque los salesianos fundaron el sindicalismo cristiano. Existe una fórmula que concilia los intereses, que se basa en la cooperación, en el pacto, en la economía de recursos porque lo único que se busca es el interés general… la paz. Lo hicieron nuestros padres en la Transición. Lo hizo el Rey y una generación. Hagan lo que crean con ella. Yo me bajo en la próxima. Es la mejor herencia que puedo dejarle a mi hijo, y a toda su generación: ¡Siempre Joven! -dijo Domingo Savio.



Diario HOY. 16 de octubre de 2009

Libro: “Antología poética”. Autor: Antonio Machado. Prólogo de Julián Marías. Biblioteca Básica Salvat, 1970. 190 pags.

Libro: “La música del hambre”. Autor: J.M.G. Le Clézio. Editorial Tusquets, 2009. 214 páginas. Precio 17 €.

Sitio recomendado: Extremadura







Herederos

5 09 2008

La izquierda debe defender su herencia: la de la cobertura social, la sanidad, la educación, esa cultura que recupera identidad y pluralismo


TVE difunde su programación con nuevos capítulos de una serie con ese nombre, ambientada entre cortijos, cuernos y toreros; Miguel Murillo cierra el verano con los herederos de la vieja trova santiaguera; Cáceres recupera en su calendario su herencia sefardí y Mérida ha completado el 75 aniversario del Festival de Teatro rememorando el legado de los clásicos y de la Xirgu: ¡Cuánta herencia en la cultura y qué pocos ojos vuelven la vista atrás en la política!

Las herencias en política son más recientes. Aún así, tantas declaraciones diarias facilitan el olvido y el travestismo: ¡Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que eras! –dijo Miguel Hernández. Por eso, me agradaron las últimas declaraciones de un rejuvenecido Aznar; ésas en las que se enorgullece por habernos enviado a la guerra de Irak para combatir al infiel, justo cuando al petróleo no le baja el precio ni la crisis internacional. McCain no quiere ver en persona a Bush. Rajoy admite que Esperanza Aguirre se presente en la conferencia de los republicanos, mayoritariamente evangelistas. Y en eso llega Aznar y en tres páginas destroza al PP las ganas de pasarlas…


Durante meses, la derecha justificaba el crecimiento de la economía española por el modelo heredado de Rato y Aznar. Es decir, que la liberalización de suelo, los créditos baratos como señuelo, el disparado precio de la vivienda, la privatización de empresas públicas o la congelación salarial lograron el milagro de bajar el paro al 14,8%. Su Europa era la de Merkel y Sarkozy. Hoy, en la fase desagradable del ciclo y del atracón de ladrillo, el paro en España está cercano al 13% y para los albaceas del modelo rozamos la catástrofe. Aún crecemos lo mínimo. La Alemania y Francia conservadoras están ya en recesión: Su PIB decrece. Pero, para los testaferros, los parados son de Zapatero; en Extremadura, de Vara; y en Madrid, Murcia y Valencia, también de Zapatero. Las plusvalías del suelo durante la última década, capaces de condenar a una generación a hipotecas casi vitalicias, no tienen padre ni madre. Desde luego, sí tuvo beneficiarios. El mercado es así, como el Espíritu Santo.

Tras el dogma de la Santísima Trinidad debe estar también la respuesta al embarazo de la ministra francesa de Justicia, Rachida Dati: ¡Qué curioso! Toda una campaña electoral reclamando Rajoy su niña heredera y ahora le imputan a Aznar una paternidad, propia de esos capítulos de la serie estrella de televisión española, víctima de esa siempre condenable estrategia “ensucia que algo queda” tantas veces aplicada a otros, esos a quienes él mismo sucedió en Madrid o Valladolid.

En estos momentos que se desprecian los bagajes de cada uno, la izquierda debe defender su herencia: La de la cobertura social, la sanidad, la educación, esa cultura que recupera identidad y pluralismo, la de la intervención pública como único remedio para recoger los cristales rotos tras la borrachera… Porque hay herencias aún demasiado intangibles. Sólo ellas pueden ahora levantarnos el ánimo a una Europa desmoralizada y que traicionó durante demasiados años su herencia keynesiana y de vanguardia.


Diario HOY. 5 de septiembre de 2008

Libro: “Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras” (auto sacramental). Autor: Miguel Hernández. Revista Cruz y Raya, 1933.

Libro: “La sombra de lo que fuimos”. Autor: Luis Sepúlveda. Editorial Espasa. 174 páginas. 17,9 €

Libro: “Mahagonny, ascenso y caida de la ciudad”. Autor: Bertolt Brecht. Editorial Teatro Español. Música: K. Weill. 385 páginas. 12 € (Contiene DVD de los ensayos).

Sitios recomendados: Teatro Romano de Mérida

Teatro López de Ayala de Badajoz


Gran Teatro de Cáceres





La culpa la tiene, sin duda, Hamilton

15 02 2008

Atracones como el de 2006, con 800.000 viviendas construidas en un año, obligan a que el exceso inmobiliario se destine al alquiler hasta que se ajuste la oferta con la demanda

Si el agradecimiento a Rodrigo de Rato desembocó en la Dirección del Fondo Monetario Internacional, el balance de esta legislatura sería para quedarse con el Banco Mundial: En 2004, el paro estaba en el 11,5% y hoy en el 8,6%. En 2004, se crecía al 3% y estos cuatro años se ha mantenido una media del 3,7%. En 2004, los afiliados a la Seguridad Social eran 17,5 millones de personas, y hoy hemos sobrepasado los 20 millones de cotizaciones. En 2004, la renta española era de 19.500 euros, y ahora de 23.500. ¿Y la inflación? Los precios crecían en diciembre de 2004 exactamente lo mismo que hoy: el 4%.

Pero en 2004 éramos azules: la moto de Pedrosa, el casco de Fernando Alonso, el polo de Ferrero… Los viejos advertían que, con el euro, su cerveza pasó en una noche de 100 a 166 pesetas mientras su pensión, como el salario mínimo y el sueldo de los funcionarios, el entonces ministro Rajoy los ajustó al 2%. Pero nosotros no atendíamos. Ni a eso, ni al canon que gravaba CD,s y DVD,s. Sólo veíamos subir a Fernando Alonso al cajón, y su imagen era la progresión infinita del país, con dinero barato, mucho suelo por urbanizar, a lomos de un patrocinador, azul como el mar, con otros tantos medios de comunicación que controlar.


Rodrigo de Rato se ha marchado del FMI casi al mismo tiempo que Alonso de McLaren. Y ambos con ese regusto cenagoso al que recurrimos los españoles para que duelan menos los errores: al primero lo sustituía un socialdemócrata porque así lo exige el fracaso del modelo neoconservador pero, al menos, no un español, sino el francés Strauss-Kahn. El otro, con el alivio colectivo de que «el negro» no había ganado el Mundial. La crisis de las hipotecas en los EE.UU. y del barril de petróleo a 100 dólares, sesenta dólares y setecientos mil muertos en Irak más caros que en 2003, año de la foto de las Azores, enterrará a Bush y al Partido Republicano por mucho que los dirigentes populares -en otro engaño- digan en sus mítines que «Zapatero es el culpable» de un desaguisado que ensombrece la alegría bursátil en todo el mundo. Atracones como el de 2006, con más de ochocientas mil viviendas construidas en un año (más que Italia, Francia y Alemania juntas) obligan a que el exceso inmobiliario se destine al alquiler hasta que se ajuste la oferta con la demanda y se frenen globos especulativos que han disparado sus precios en un 154%. Eso y apostar por un crecimiento demográfico que jamás alcanzaremos en paz si se criminaliza al inmigrante. Mientras, el superávit público que ha conseguido este Gobierno debe cubrir la desaceleración con obras públicas, ayudas a la natalidad, al alquiler para los jóvenes, devoluciones fiscales, incremento de los salarios mínimos, becas y pensiones que dinamicen el consumo, permitan pagar las hipotecas y ser un poco más libres… En definitiva, socializando los sacrificios, aunque muy pocos hayan disfrutado de los beneficios. Siempre podemos echarle la culpa a Hamilton, por negro y extranjero, y aplicarle hasta una nueva Ley del Menor.


Diario Hoy. 15 de febrero de 2008


Libro: “El tigre que no está”. Eugenio Fernández Aguilar. Editorial: Laetoli. 176 páginas. Precio: 15 €.


Sitio recomendado: Plaza de San Atón, C/ Obispo y de Minayo en Badajoz. Estatua a Godoy