Somos tan normales que nos aburrimos de ello

30 03 2009

Artículo relacionado: “Somos tan normales que nos aburrimos de ello”. Vivir Extremadura. Año V. Nº 23. Junio-Julio 2009.

Los emigrantes en Suiza y Alemania eran la referencia más cercana que teníamos de Europa en mi infancia. A diferencia de Euskadi o Cataluña, nuestra proximidad con Portugal nos hizo hermanos también en el anhelo de sentirnos iguales a los europeos hasta 1986. Llegaban los emigrantes en aquellos Mercedes grandes y luminosos, que sólo llevaban en España los toreros y los médicos de reconocido prestigio, y sabíamos en nuestra limitada sabiduría de niños que unos kilómetros al norte el mundo sería distinto. Y cuando, ya pollitos, nos regalaron las primeras vacaciones en la Costa del Sol, y conocimos a las rubias en bikini, la altura de los alemanes, sus camisetas y zapatillas de marca, nos dimos cuenta que no había que llamarse Netzer, Breittner o Neeskens y jugar al fútbol para acceder a un mercado de consumo que sólo oteábamos en las series americanas de ficción.

Hoy somos Europa. Casi estamos cansados de ser Europa, por el escaso entusiasmo que despiertan las elecciones del próximo 7 de junio. Conozco a gente que es nombrar Bruselas y maldecir la OCM del vino, acordarse de la inflación subterránea que nos comimos cuando la peseta se convirtió al Euro o criticar las garantías medioambientales e higiénicas que te exigen para levantar cualquier proyecto industrial que evite, precisamente, el rearme de la emigración. Europa no transmite, no vibramos con la bandera azul y el círculo de estrellas, y se ha convertido en algo tan cotidiano que hasta, como el furor del converso, nos molesta que los rumanos se digan también europeos, y no “inmigrantes” y “que nos están quitando el trabajo a los españoles”. De pena.

Desde 1986, desde que Felipe González y Mario Soares rubricaran en Lisboa la entrada de la península ibérica en la entonces Comunidad Económica Europea, nuestras carreteras se han convertido en autovías y nuestros caminos en carreteras de siete metros de anchura y arcén; desde entonces, casas de cultura, bibliotecas, piscinas, polideportivos, redes eléctricas, casas rurales para el turismo… todo ese nuevo paisaje se construyó sobre esa banderita azul y estrellada en los carteles de obra pública. Hasta los que maldicen las OCMs saben que la modernización de las producciones, la extensión del regadío, el riego por goteo, las bodegas y almazaras, las cooperativas y hasta los coches todoterrenos -que son hoy como los Mercedes de 1974- han salido de la solidaridad europea, que vamos amortizando generación a generación con el IVA, y con nuestro esfuerzo por aprovecharla.

Extremadura, hace escasas semanas, ha rebasado la barrera psicológica que la tacha como región paupérrima en Europa. Los extremeños disponemos de más del 75% de renta, sobre la media de la Unión Europea, lo que -de continuar así- supondría la exclusión para un gran volumen de fondos estructurales. No seríamos zona Objetivo 1, calificación que sólo tenemos asegurada hasta 2013. Es, en gran parte, la explicación del enriquecimiento en infraestructuras y servicios sociales que los FEDER, Fondo Social Europeo, LEADER, PRODER o FEOGA nos han aportado en los últimos 22 años.

La solución pasa por renovar esa ilusión colectiva hispano-lusa a través de crear áreas de servicios transfronterizas que nos conviertan en una eurorregión de verdad. La otra, salir afuera, a esas nuevas regiones de Bulgaria, Polonia y Rumanía, a vender nuestros productos y nuestra experiencia para salir del pozo. Ya hay empresas extremeñas trabajando así. Si no lo hacemos, Europa se limitará a las jornadas nocturnas frente a la televisión: Vibraremos con la sintonía de la Champions League, seremos del Liverpool porque juegan Torres y Xavi Alonso, y conoceremos Oporto o Lisboa porque fuimos a ver a nuestro Barça o al Real Madrid en una eliminatoria. También nos queda Eurovisión y la emoción del “guayominí trua poins” mientras aguardamos al ganador. Pero eso ya lo teníamos cuando había que emigrar para vivir, Zoco y Amancio ganaron una Copa de Europa y la hija de un diplomático triunfó con el “La, La, La”.


Ahora, un extremeño juega en la NBA y Soraya Arnelas ha representado a España en ese festival de la canción. El seísmo en Italia obliga a regresar, no a emigrantes a la vendimia, sino a estudiantes del Erasmus. Cáceres opta a ser Capital Europea de la Cultura… Ahora, es cuando realmente comienza el camino desde la plena igualdad y la conciencia de que no somos inferiores a nadie: ¿Y eso tampoco despierta ilusión?







¿Cambios o evolución?

6 03 2009

Quién nos iba a decir que este año tendríamos un Presidente negro en la Casa Blanca, una extremeña tan eslava en sus facciones camino de Eurovisión y un tal López como Lehendakari?


¿Quién nos iba a decir que este año tendríamos un Presidente negro en la Casa Blanca, una extremeña tan eslava en sus facciones camino de Eurovisión y un tal López como Lehendakari en el País Vasco, siguiendo la estela de Montilla en la Generalitat? Una vuelta de tuerca más y se convierte, por lo insólito, en una segunda parte de Airbag cuando esta película se estrenó.


Cualquier análisis de lo sucedido este fin de semana nos arrastra a contemplar ese escaparate. Incluso, mi colega Rodríguez Lara comparaba a aquella Remedios Amaya, emparentada con la Plaza Alta de Badajoz y víctima de su inocencia y de las disfunciones de su funesta participación en el festival de Massiel, con esa nueva Extremadura que representa Soraya Arnelas. Toda una metáfora sobre la evolución y el progreso de nuestra tierra. Igual que se desprende en el nombre con el que bautizaron al supercomputador que se presentaba esta semana en Cáceres: “El Lusitania”, que borra de un chispazo la imagen de aquel tren decano y lento que nos acercaba tras demasiadas horas desde Lisboa a Madrid. Hoy no se desplazan los cuerpos, sino el conocimiento y a unas velocidades casi instantáneas.


En estos momentos, donde los cambios se analizan sólo desde el presente, cuesta trabajo devolver los méritos a todos aquellos que hicieron posible un nuevo panorama: A Howard Dean en el partido demócrata y a la propia industria de Hollywood que años antes nos preparó para ver a Denzel Washington como héroe o en Deep Impact a un presidente negro; a Ibarra que desde 1998 supo ver la revolución tecnológica como el tren del progreso para Extremadura -¿Se entendería una Ciudad de la Salud en Cáceres sin su apuesta decidida por el Centro de Cirugía de Mínima Invasión que dirige magistralmente y en comunión con esa altura de miras su amigo Jesus Usón?; a Vara por ver en Soraya un icono de una nueva Extremadura nacida de esa evolución y arriesgarse en reconocerla antes de que represente en Moscú a toda España; y en el caso vasco, a todos los que precedieron a Patxi López para convertir al PSE en la referencia del cambio y del diálogo: “Soy hijo político de Ramón Rubial, de Txiqui Benegas y de Ramón Jaúregui”, repitió durante la campaña.

Para algunos, este domingo se ha limitado a las elecciones en una parte de España. Digno y demócrata es reconocer y felicitar por la victoria popular en Galicia. Pero, puestos a extrapolar, a nadie se le escapa que entre subir seis o siete escaños y sesenta mil votos en Euskadi, y un par de diputados en Galicia –los mismos que ha perdido en los comicios vascos, con el primer ejemplo del daño que puede hacer UPyD a su electorado- parece evidente que la traslación tiene más de un color. Y, más relevante aún, que –más allá de esa euforia colaboracionista entre unos y otros, que es tan positiva como saber integrar al PNV en el constitucionalismo- vuelve la socialdemocracia a ocupar la centralidad en la vida política de un territorio y la única fórmula que permite gobernar al mismo tiempo en Bilbao, Barcelona, Sevilla, Mérida y Madrid. Es la fórmula a la que recurre Obama para cimentar su New Deal ante la crisis y el cordón umbilical entre pasado y presente que obliga a ser más responsables y comprometidos ante una crisis global que no entiende de ismos excluyentes ni de inútiles dosis de crispación.



Diario HOY. 6 de marzo de 2009

Libro: “Memoria de Euskadi”. Autora: Mª Antonia Iglesias. Aguilar, 2009. 1033 páginas. 30 €

Sitios recomendados: Estaciones de ferrocarril de Lisboa y Madrid-Atocha