¿A cambio de qué?

12 09 2008

La comunidad se sacrifica pero nadie se explica que las rentas colectivas acudan a salvar un sector si esa solidaridad no se ve correspondida con un beneficio hacia los demás


Las crisis abren nuevas oportunidades. Quienes midieron los tiempos, capitalizados tras vender solares antes del petardazo, hoy pueden comprar barato y acopiar para un nuevo ciclo. Pero no me referiré a ellos. Las crisis –pese al principio jesuita que aconseja nunca hacer mudanzas en su apogeo- suponen una oportunidad para redefinir y concienciar a los ciudadanos sobre la relevancia de lo público, paralelamente a las reformas estructurales que nunca notaremos ni a medio plazo.


La pasada semana reclamé una mayor intervención pública y un respaldo a las coberturas sociales para proteger a los más indefensos -desempleados, pensionistas y salarios mínimos, pequeños autónomos…- que engordan cada día la lista de víctimas en este modelo cortoplacista que se agota. Derrotado el liberalismo libertario, hasta la administración Bush ha debido rescatar con el dinero de todos a dos grandes sociedades hipotecarias antes que la avaricia como único cálculo de riesgos, la ausencia de inspección pública para verificar tasaciones infladas o créditos al consumo encubiertos en esas hipotecas arrastrara al imperio. Obligados todos a mantener -al menos- un sistema igualitarista que asegure derechos a la sanidad, educación o servicios sociales ha llegado la hora de reforzar valores que fijen nuestra pertenencia a una comunidad para explicar esas intervenciones del dinero público en el antes todopoderoso mercado.


La comunidad se sacrifica pero, ¿a cambio de qué? Nadie se explica que las rentas colectivas acudan a salvar un sector si esa solidaridad no se ve correspondida con un beneficio hacia los demás. Montoro eximió del IAE, los precios no bajaron, el consumo ha caído y los ayuntamientos se quedaron sin un ingreso más. Ahora, él se apunta a que aumente la financiación local. Renunciar a un contrapeso implica depositar en el Estado toda la responsabilidad pero también toda la autoridad. Es decir, sólo el poder político decidiría dónde y cuándo se recortarían o ampliarían los gastos; o lo que es peor, podría cometer discriminaciones: ¿Por qué salvar al sector inmobiliario con nuestras rentas y no hacerlo antes con los que especularon con los sellos, las obras de arte o la cosecha de trigo si nada se exige a cambio?

Dar una licencia de explotación para energía eólica a cambio de tres puestos de trabajo por megavatio; avalar la liquidez en el sector inmobiliario siempre que rebajen los precios de las viviendas o se destine el stock al alquiler; suspender el subsidio de desempleo a quienes se nieguen a formarse o emplearse en otro sector con igual cualificación; financiar el carné de conducir a un joven si a los dos años no ha sufrido denuncia alguna; rebajarles el bonobús a la universidad si –al menos- presenta el curso anterior aprobado son ejemplos que deberían extenderse. No exigir nada a cambio no sólo conduciría a prescindir de límites para tejer la red social, sino que provocaríamos un efecto perverso y los hombros sobre los que descansa ese esfuerzo colectivo podrían quebrarse y, con ellos, la solidaridad que inspira el pacto ciudadano para vivir en una comunidad cada día más global.

Diario HOY. 12 de septiembre de 2008

Libro: “Tratado de la comunidad”. Traducción: Frank Anthony Ramírez. Biblioteca de El Escorial MS &-II-8. Volumen 32. Támesis, 1988.

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