El lujo de lo cotidiano

6 10 2009

Artículo relacionado: “El lujo de lo cotidiano”. Vivir Extremadura. Año IV. Nº 18. Agosto-septiembre 2008

Dos veleros ultramodernos que entrenaban en las costa mediterránea de Almería, de 14 toneladas cada uno, altos como un edificio de 12 pisos y con 21 metros de eslora, se toparon con la lancha patera que, tras seis días a la deriva, tuvo que arrojar al mar los cadáveres de nueve niños que intentaban alcanzar junto a sus madres otra vida. Fue la estampa de los dos mundos, el deporte de élite que apuesta su orgullo continental en la Copa América cada dos años, frente a los que persiguen formar parte de esa vida que cada tarde les llega a sus chabolas por satélite. Demasiado insoportable para cualquiera que se defina como ser humano. Demasiado doloroso para mostrarse inmutable a esa sangría continua.

En estos periodos de crisis, las tragedias de los subsaharianos que intentan llegar a las mismas playas donde tomamos el sol o visitamos el chiringuito, nos revela frente a un sistema que nadie entiende: ¿Son necesarios 19 platos en un menú para satisfacer a los dirigentes de los países más ricos, agrupados en el G-8?; ¿Deben mantenerse los sueldos estratosféricos para altos ejecutivos y miembros de Consejos de Administración, mientras desde esos mismos foros se reclama mayor austeridad salarial y reducción del gasto social? ¿Por qué el Gobernador del Banco de España afirma que el incremento permanente del IPC durante los últimos meses se debe a que nadie renuncia a sus márgenes de beneficio?

Entre los valores de los que presume Extremadura se encuentra, precisamente, el de la proporcionalidad. No encontrarán en estas latitudes ni el urbanismo agresivo de altura y hormigón en su paisaje, ni altibajos estruendosos en precios ni eventos que permitan el distingo entre sus gentes. Cualquiera que nos visite podrá compartir una representación de Medea o de Las Troyanas en el Teatro Romano de Mérida, sin necesidad de sentirse discriminado por la estética o su sitio en la platea. No lo permite, en principio, ni el solano de las noches de julio.

Pero, sobre todo, se ha construido un ecosistema social basado en una máxima repetida por los responsables públicos durante años: “Preferimos caminar un poco más lentos, pero todos juntos”. Esa filosofía permite hoy que convivan restaurantes reconocidos por entidades internacionales (Atrio, Aldebarán, Il Gigno, Paradores…) con redes de comida autóctona como los Miajones, repartidos por núcleos rurales donde lo cotidiano se ha convertido en original carta de presentación, sin necesidad de satisfacer al comensal con más de dos platos y postre. Y que la convivencia entre las familias que somos y las que llegan se produzca sin conflictos evidentes, quizás porque durante demasiadas décadas fuimos nosotros los que emigrábamos en búsqueda de un futuro mejor.

En aquellos años, cuando el realismo de posguerra de Ana María Matute fue reconocido con el premio Nadal, el fotógrafo Eugene Smith retrató el dolor en negro de un pequeño pueblo cacereño, Deleitosa, que hoy en nada se parece con aquella oscuridad. Quizás, por venir de donde venimos, nos gusta a los extremeños presumir de nuestra cotidianeidad actual, sin miasmas ni alharacas, con nuestros hijos, afortunadamente, a nuestro lado. Algo -¡Y cuánto lo siento!- de lo que no podrán disfrutar esas nueve madres que sobrevivieron al drama de Almería. Tampoco, por otros motivos, aquellos que antepusieron su éxito profesional a las renuncias que exige lo privado. La propia Ana María, hurtada durante los años de infancia de la crianza del suyo por un divorcio con mal acuerdo, dejó en su literatura todo el poso de dolor que despide una madre desgajada de lo que parió.


Matute noveló la vida gris. Las mismas letras de lo cotidiano que tanto placer nos despiertan a todos los que somos felices con la normalidad. Porque, hoy, por arriba y por abajo, entre las élites económicas y entre los que huyen del infierno africano, ser normales es un lujo. Un lujo mucho más barato y común en Extremadura por venir de donde venimos.


Libro: “Los hijos muertos”. Autora: Ana Mª Matute. Plaza & Janés. 2000. 557 pags.

Libro: “Primera memoria”. Autora: Ana Mª Matute. Planeta Editorial. Destinolibro. 256 pags. 6,95 €. Premio Nadal 1955.





¡Matad, quemad, malditos!

31 07 2009

No hay diferencias entre la mafia napolitana, el pirómano que prende un pinar y la banda de asesinos que intenta segar la vida de niños durmiendo


No hay diferencias entre la mafia napolitana que paraliza la recogida de basuras para quedarse con la contrata, el pirómano que prende un pinar en Las Hurdes, y la banda de asesinos que intenta segar la vida de niños durmiendo o la de dos jóvenes porque lleven uniforme: Ninguno crea, los tres destruyen. De la destrucción obtienen réditos; normalmente, sólo beneficios económicos. Con ellos, imponen el odio del lobo, la sangre o el fuego para marcar territorio, la venganza escondida bajo falsos idealismos. Revisten su único fin con ropajes raídos por acciones irracionales, vistas en el tiempo. Sobreviven a costa del miedo ajeno. Coaccionan hasta que dobleguen. Inventan necesidades gracias a aniquilarla previamente, nunca porque supieron cómo cultivar una moda, una ideología o porque inventen algo provechoso que los sitúe en la historia de la humanidad. Ésa, y no otra, es la causa común que divide a unos humanos de los otros; ni izquierdas, ni derechas; ni blancos, ni negros; ni varones, ni hembras… Todo se limita a quien contribuye al progreso y quien retrasa el reloj para convertirse en compás a partir del desastre.

En la sociedad mediática que sufrimos, y gozamos al mismo tiempo, ese daño no cesa tan siquiera si, derrotado, le concedieras la presa que persiguen: la concesión administrativa, licencias para vender madera u otros usos en zona forestal, o la misma soberanía. Si no hablas de ellos, parece que te contagia la cobardía. Si lo haces, porque conviertes su estrategia en protagonista y dañas la imagen de un país, de una comarca en plena campaña estival ante esa sociedad global que mañana puede identificarte como la ciudad de los contagios, la región de los incendios o el Estado de los conflictos territoriales. Más allá de los muertos –casi siempre funcionarios, denostados por demasiados discursos, cimientos sin necesidad de dogmas vocacionales pero leales a lo que les encomendó la comunidad- pretenden que las señas de identidad salten en mil pedazos: Que el resto del mundo dude que el idioma sea el mejor potencial de España cuando hay quien dice matar porque no quieren hablarlo o ser educados en él; con menos sangre pero el mismo fuego, que Extremadura sea un paraíso natural cuando cada verano los informativos difunden un nuevo atentado contra esa certeza.


La esperanza radica en que somos más, que seguiremos caminando. Cincuenta años para quien desemboca en una nueva mafia no es nada en un Estado con quinientos años más de vida y miles de “gudaris” más a los que homenajear. Siempre habrá desde la política, la judicatura o el anonimato ciudadano quienes imponen finalmente el Estado de Derecho. Más tarde o más temprano. Ésa es nuestra seguridad. Detrás de un Rey hay un Príncipe; detrás de una casa cuartel reventada, voluntad para reconstruirla y más familias que la habitarán; detrás de un pinar asolado, voluntarios como brotes verdes que lo resucitarán de sus cenizas; detrás del miedo, alguien a tu lado que ayuda a vencerlo… ¡Danzad, danzad, malditos! Siempre habrá uno de los nuestros que pare esa música fúnebre o cerque el baile entre tres paredes y una reja. Y ésa es la imagen que permanece durante siglos. Cincuenta años para una serpiente es toda una vida. Para un pinar, no significa nada, ni siquiera su muerte definitiva. Ésa es nuestra seguridad, nuestra garantía y su miedo.


Diario HOY. 31 de julio de 2009

Libro: “Demasiados héroes”. Autora: Laura Restrepo. Editorial Alfagüara. 260 páginas. 18,5€

Libro: Colección Txo (Aharrausi printzesa basoak dabu sekretu bat y kokorico). VV.AA. Editorial Txalaparta. 13 € cada uno.

Sitio recomendado: Las Hurdes, comarca de Cáceres. Extremadura









¿A cambio de qué?

12 09 2008

La comunidad se sacrifica pero nadie se explica que las rentas colectivas acudan a salvar un sector si esa solidaridad no se ve correspondida con un beneficio hacia los demás


Las crisis abren nuevas oportunidades. Quienes midieron los tiempos, capitalizados tras vender solares antes del petardazo, hoy pueden comprar barato y acopiar para un nuevo ciclo. Pero no me referiré a ellos. Las crisis –pese al principio jesuita que aconseja nunca hacer mudanzas en su apogeo- suponen una oportunidad para redefinir y concienciar a los ciudadanos sobre la relevancia de lo público, paralelamente a las reformas estructurales que nunca notaremos ni a medio plazo.


La pasada semana reclamé una mayor intervención pública y un respaldo a las coberturas sociales para proteger a los más indefensos -desempleados, pensionistas y salarios mínimos, pequeños autónomos…- que engordan cada día la lista de víctimas en este modelo cortoplacista que se agota. Derrotado el liberalismo libertario, hasta la administración Bush ha debido rescatar con el dinero de todos a dos grandes sociedades hipotecarias antes que la avaricia como único cálculo de riesgos, la ausencia de inspección pública para verificar tasaciones infladas o créditos al consumo encubiertos en esas hipotecas arrastrara al imperio. Obligados todos a mantener -al menos- un sistema igualitarista que asegure derechos a la sanidad, educación o servicios sociales ha llegado la hora de reforzar valores que fijen nuestra pertenencia a una comunidad para explicar esas intervenciones del dinero público en el antes todopoderoso mercado.


La comunidad se sacrifica pero, ¿a cambio de qué? Nadie se explica que las rentas colectivas acudan a salvar un sector si esa solidaridad no se ve correspondida con un beneficio hacia los demás. Montoro eximió del IAE, los precios no bajaron, el consumo ha caído y los ayuntamientos se quedaron sin un ingreso más. Ahora, él se apunta a que aumente la financiación local. Renunciar a un contrapeso implica depositar en el Estado toda la responsabilidad pero también toda la autoridad. Es decir, sólo el poder político decidiría dónde y cuándo se recortarían o ampliarían los gastos; o lo que es peor, podría cometer discriminaciones: ¿Por qué salvar al sector inmobiliario con nuestras rentas y no hacerlo antes con los que especularon con los sellos, las obras de arte o la cosecha de trigo si nada se exige a cambio?

Dar una licencia de explotación para energía eólica a cambio de tres puestos de trabajo por megavatio; avalar la liquidez en el sector inmobiliario siempre que rebajen los precios de las viviendas o se destine el stock al alquiler; suspender el subsidio de desempleo a quienes se nieguen a formarse o emplearse en otro sector con igual cualificación; financiar el carné de conducir a un joven si a los dos años no ha sufrido denuncia alguna; rebajarles el bonobús a la universidad si –al menos- presenta el curso anterior aprobado son ejemplos que deberían extenderse. No exigir nada a cambio no sólo conduciría a prescindir de límites para tejer la red social, sino que provocaríamos un efecto perverso y los hombros sobre los que descansa ese esfuerzo colectivo podrían quebrarse y, con ellos, la solidaridad que inspira el pacto ciudadano para vivir en una comunidad cada día más global.

Diario HOY. 12 de septiembre de 2008

Libro: “Tratado de la comunidad”. Traducción: Frank Anthony Ramírez. Biblioteca de El Escorial MS &-II-8. Volumen 32. Támesis, 1988.

Sitio recomendado:Bolsa de Nueva York