¿Para qué?

4 06 2011

Para CiU alcanzar el poder en Cataluña era abrir conflictos contra terceros, como Extremadura, sin afrontar sus responsabilidades

El último Kennedy con opciones a la Presidencia de los EE UU vio truncada sus aspiraciones en 1969. Sufrió un accidente de automóvil. Una joven, que le acompañaba, falleció. Edward Kennedy, el conductor, se declaró culpable y fue condenado a dos meses de cárcel. Su imagen quedó seriamente dañada. No tanto por el suceso, sino porque a los pocos días, tras una entrevista televisada, cuando la audiencia le había rehabilitado para la vida pública, no supo responder a la última pregunta: «¿Para qué quiere ser presidente?». Sin motivos colectivos, su estrella se apagó.

En la ceremonia de confusión que vivimos, nos estamos apartando de la principal pregunta para cualquiera que desee servir a sus ciudadanos: ¿Para qué quiere ser presidente? Analizamos las campañas electorales desde la superficie, desde el perfil de cada candidato, con un desconocimiento absoluto sobre las medidas que hacen verosímil su programa de gobierno. Tras el ataque a Extremadura por parte del consejero de Finanzas de la Generalitat, Mas-Colell, para que se rebaje el déficit público anulando la construcción del AVE hasta Badajoz, se esconde el hecho de no responder a esta pregunta. Si para CiU alcanzar el poder en Cataluña era abrir conflictos contra terceros sin afrontar sus responsabilidades, sabedores de los límites presupuestarios a los que obliga Europa, refleja la tendencia a la que nos someterán los mesías electorales: ni podrán bajar impuestos, ni podrán generar empleo. Los milagros los certifica la Iglesia y son extraordinarios. Los catalanistas, agobiados por su realidad y los recortes impopulares, con esa ‘sensibilidad’ para ‘desalojar’ a los que molestan, cargan contra el distinto para resolver contradicciones. Se toca fondo. La superficie no sirve ya de escaparate. ¿Para qué querían gobernar? Otra derecha, más radical, culpa a los inmigrantes en Badalona y allana su llegada al poder. En Hamburgo, una consejera del SPD se apresuró a culpar a los españoles antes de averiguar si su sistema de prevención había fallado para desgracia de 17 personas. ¡Toma pepino!

Gobernar no es mandar. Ni pavonearse con la corte dictando a quien se le debe llamar ‘presidente’ y a quien no. Se gobierna a cambio de nada y contra nadie. Ni contra los que te precedieron para alentar el rencor de quien debe otorgarte la bula presidencial, ni contra la mitad de una región, de una ciudad, o de la de enfrente, porque la convivencia y la armonía colectiva deberían distinguir a los presidenciables de los ambiciosos. Si los propios y los ajenos no te acompañan, terminará el coronel sin nadie quien le escriba. Y hay mucho por hacer. A no ser, que ése sea su único motivo: ser coronel en una batalla donde la izquierda y la derecha deberían distinguirse entre los que construyen de los que destruyen, sólo para realzar su figura. Si ésas van a ser las reglas, temo que en la hoja de ruta, la inestabilidad y el caos sean ejes del proyecto. Alcanzar el poder a toda costa, seguir en la superficie, o convocar elecciones hasta que tanta destrucción nos atemorice. Y los proclamemos entonces como la solución menos mala, sin necesidad ya de bula alguna, o de pepinos en quienes descargar el rencor: ¿para qué?

Diario HOY, 4 de junio de 2011

 

 

 

Libro: “El coronel no tiene quien le escriba”. Autor: Gabriel García Márquez. Editorial Mondadori. 1998. 96 pags. 13,50 euros.

 

 

Sitio recomendado: Badalona. Cataluña. España

 

 

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