Perder la razón

6 02 2009

Hasta la ley de la selva nos enseña que hay felinos que nunca matan por matar y necesitan de una acción concertada, la cooperación de la manada, para saciar el hambre, no la avaricia


Somos Occidente porque nos regimos por la razón. Auguste Comte, el filósofo francés, cerró la etapa napoleónica proclamando el triunfo de una doctrina única: el positivismo, la organización de la sociedad –hasta de la política- por una ciencia empírica. Nos definimos como “mundo desarrollado” porque hemos superado la etapa de la civilización basada en lo teológico y lo militar, aquella que nos organizaba mediante fetiches sobrenaturales y la imaginación. En un segundo estadio la humanidad dio cuerpo legislativo a entidades metafísicas, cuya legitimidad se revistió de voluntad general o de violencia legítima del Estado. Pero –concluía Comte- los hombres en el actual estado industrial y positivo renuncian a buscar las causas profundas, la esencia de las cosas, y perfeccionan el mundo mediante la observación y el razonamiento.


La caída del Muro de Berlín fue el epílogo casi definitivo para este triunfo pero la violenta caída de las Torres Gemelas difundió al mundo globalizado que otras civilizaciones existían, y no estaban en esas claves ni en esa realidad. Tras el zarpazo, la gran fórmula rota (prosperidad + prosperidad. No es igual a más prosperidad) nos aleja del cientismo y buscamos amparos irracionales a nuestra depresión: autobuses publicitando la existencia, o no, de Dios; obreros en una multinacional opuestos a que trabajen inmigrantes; empresarios contra la banca; la banca contra todos… y lo que es peor, intelectuales que emigran a su interior, alejándose del mundo, como primera muestra del proteccionismo que adviene.


Si los fetiches de la razón -esa élite a quienes confiamos el trasvase del patrón oro al dólar y en Europa, del patrón euro al consumo de inmuebles y servicios como motor de esa prosperidad virtual- reconocen que las cosas no se hicieron bien, la lógica se tambalea y peligra el propio sistema. Si, además, ese fracaso no se castiga sino que los premian con insultantes indemnizaciones o se disfraza con pretenciosos balances de beneficios, quien ha perdido el empleo o la empresa productiva comienza a perder la razón. No es que no la tenga, es que no la encuentra.

Antes de persistir, y en previsión de que volvamos a una etapa primitiva, esta crisis debería servir para apuntalar entre todos el edificio y sanear los pilares: Obama limitará los salarios de los ejecutivos en entidades intervenidas por el Tesoro. Vara propone un acuerdo entre CC.AA. que evite 17 tarjetas sanitarias, 17 calendarios de vacunas, 17 reglamentos taurinos, 17 universidades con el mismo menú o 17 pedidos al mismo laboratorio para el mismo medicamento. Por algún sitio, básico para el ciudadano, habrá que empezar si no queremos que aumenten las dudas sobre el Estado, sobre las autonomías, sobre el mercado, sobre los derechos y libertades del individuo, sobre los servicios públicos. En definitiva, sobre la razón que nos distingue de los animales.

Hasta la ley de la selva nos enseña que hay felinos que nunca matan por matar y necesitan de una acción concertada, la cooperación de la manada, para saciar el hambre, que es concepto muy distinto a la avaricia o la gula. Pero nosotros somos seres racionales. A veces, no sé si superiores.


Diario HOY. 6 de febrero de 2009

Libro: “Discurso sobre el espíritu positivo”. Autor: Auguste Compte. 1844. Edición en español con prólogo de Julián Marías, Alianza Editorial, 1980.

Libro: “Iniciamos nuestro descenso”. Autor: James Meek. Editorial Miscelánea. 360 pags. 18 €


Sitio: New York (Skyline nocturno)


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