Historias de Dignidad y Muerte

1 09 2008

Artículo relacionado “Vivir Extremadura”. Año IV. Nº 19. Octubre-noviembre 2008: “Historias de Dignidad y Muerte”.

Lo único claro para cualquier ser vivo desde su nacimiento es que algún día morirá. Los creyentes, desconsolados por la pequeñez que supone nuestra propia existencia en la historia de la humanidad, guardamos la esperanza de que el alma continuará viva en otro mundo celestial. Los realistas atribuyen esa continuidad de nuestra obra en nuestros hijos y nietos, depositarios directos del legado que forjaron sus progenitores, y en la comunidad donde seguro que habrán contribuido para su progreso y bienestar: “Nada se pierde, todo se transforma”, dijo Lavoisier.


Sea cual sea la solución, lo cierto es que la muerte es el acto más importante de nuestra vida, en palabras de Ernest Renan. Hay muerte dulce, muerte negra, muerte súbita, violenta, con ella en los talones… Todo un culto desde las culturas prehistóricas que en la tradición judeocristiana tiene su máxima expresión artísitica en la etapa romántica, que coincide con la proliferación y el desarrollo de las artes plásticas en panteones y tumbas como última morada del yo individual que una nueva clase burguesa se reclamaba para sí en el siglo XIX, a imitación de la aristocracia.


A mayor imperio de la razón frente al dogma, los usos y costumbres de los humanos se han apartado de esa obsesión por el otro mundo. La tecnología y una mayor higiene sustituyen los osarios por crematorios, y las tumbas y nichos por urnas donde guardar las cenizas de un familiar, que pueden acompañarnos -y adornar al mismo tiempo- en el recibidor de palisandro de nuestra vivienda. Y hoy, en España, asistimos al inicio del debate para consolidar el derecho a una muerte digna que -como el principio bíblico del “parirás con dolor” ya felizmente superado por la epidural gratuita y universal en nuestra sanidad pública- lleva aplicándose parcialmente en las UCI,s y las UVI,s de nuestros hospitales con el consentimiento generalizado de las familias, de cualquier ser humano, que jamás defenderá alargar el dolor de un congénere de forma gratuita.


Pese a esos recientes avances, los camposantos continúan guardando la historia de cada localidad, como antes lo fueron los subsuelos de parroquias y catedrales. En Extremadura, cualquier paseo por uno de ellos nos descubre la familias que forjaron la nobleza de cada villa. También los anónimos. En Cuacos de Yuste, cerca del monasterio que acogió la muerte de Carlos I de España y V de Alemania, decenas de soldados germanos en las grandes guerras del pasado siglo encontraron su descanso al lado del emperador. En Campillo de Llerena son soldados del fascio italiano los que moran, con sus nombres y apellidos, tras una sangrienta batalla en la guerra del 36 contra las tropas republicanas de La Serena. En Pizarro, pedanía próxima a Miajadas, construida como otros 38 núcleos de población con el Plan Badajoz, había cementerio pero no difuntos: los colonos inmigrantes en las Vegas Altas morían y, antes, pedían ser enterrados en sus pueblos de origen. Es historia de la región.


Parte de la identidad y de la dignidad de los pueblos, de cada familia, está entre cruces y lápidas de granito o mármol. Recientemente, algunos diputados provinciales visitaron el cementerio parisino de Père-Lachaise para identificar y reclamar el traslado de los restos de Manuel Godoy a Badajoz. Allí descansan también Camus, Chopin, Balzac, Molière, Wilde o Jim Morrison. Espero que antes de 2012, bicentenario de la promulgación de la Constitución de Cádiz e inicio de la intermitente senda democrática en nuestro país, podamos también completar el traslado de los restos de Muñoz Torrero -uno de sus redactores- a Cabeza del Buey, ahora en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid.

Por eso, no acabo de entender que cualquier humano se llame así y no apoye sin ambages que otros miles de anónimos -de cualquier bando, sexo o condición- continúen silenciados y humiladas sus memorias en cualquier cuneta, en una fosa o en un páramo escondido. Ellos, para bien o para mal, también forman parte de la historia de nuestra tierra, demasiados años silenciada por la fuerza y la sinrazón. Y pasados los años, y también cualquier atisbo de venganza, muchas familias no tienen una lápida o un nicho donde rezarles, llevarles flores u honrar su memoria. Son sus hijos o nietos. La prolongación de su existencia, según los realistas. Y una parte de la historia de Extremadura demasiado anónima. Hasta que sus herederos decidieron que las heridas sólo se cierran devolviéndoles su sitio negado en el camposanto de su pueblo, o en un cementerio civil acorde a su ideología.


Para devolverles la vida el hombre sigue siendo un minúsculo ser, aún temeroso de su propia muerte. Para recuperar la dignidad, sólo hacerlos miembros de esa comunidad, de la que dejaron de formar parte demasiado jóvenes, es suficiente: Descansen algún día todos en paz para justicia con nuestra propia historia.

Artículo recomendado: “Diego Muñoz Torrero: Un liberal trágico”. Autor: Francisco Rubio Llorente. Revista Claves de la Razón Práctica. Nº 185. 2008. Pags. 46-51



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